Arrojemos una Estrellita

Arrojemos una Estrellita

De nuestro lectores.

Había una vez un hombre que vivía cerca de la playa. Todos los días se despertaba y lo primero que hacía era dar un paseo por la arena. Un día cualquiera, al bajar al mar para su caminata matutina, encontró miles de estrellas de mar distribuidas sobre la costa, por alguna razón las olas las estaban arrojando fuera de la protección del agua.

El hombre lamentó la situación. Todas esas criaturas morirían en poco tiempo, si es que no estaban ya muertas cuando él pasó a su lado. “¡Qué triste!”, pensó. Sin embargo, a su mente no llegó ninguna idea inspiradora.

Al avanzar un poco vio a un niño que estaba corriendo de un lado a otro en la arena. Se veía agitado y sudoroso. “¿Qué estás haciendo?”, le preguntó el hombre. “Estoy devolviendo las estrellas al mar”, respondió el niño, ya con muestras de cansancio.

El hombre pensó un momento. Le pareció absurdo lo que el niño hacía. No resistió las ganas de decir lo que pensaba. “Lo que haces es inútil, he caminado muchos metros sobre la costa y hay miles de estrellas tiradas, tal vez millones, estás haciendo un gran esfuerzo que no tiene sentido”, señaló. El niño se agachó, agarró una estrella y la arrojo con fuerza al mar, luego mirando al hombre le dijo “Para esa estrellita claro que tiene sentido”.

A este cuento maravilloso, cuyo autor desconozco, recurro desde hace años para escaparme de la impotencia que provoca la inmensidad de la necesidad de un conjunto, que se enfrenta a la aparente insignificancia de la ayuda individual que podemos ofrecer. Esa impotencia que paralizó al hombre del cuento, no solo frena cualquier atisbo de acción propia sino que, en busca de mitigar la culpa, intenta frenar la acción de un tercero.

Si utilizamos este relato para analizar los que nos pasa como país, podemos ver a la Argentina como aquel mar que expulsa parte de sus estrellas a la arena. La pobreza estructural criolla, al igual que las olas, deja fuera de la seguridad de la pertenencia a la clase media a millones de coterráneos y los convierte en sectores sociales con gran vulnerabilidad. También, como les pasa a los pequeños animales marinos, a quienes caen en la pobreza se le hace prácticamente imposible salir, quedándose empantanados dentro de este arenal generaciones tras generaciones.

Es sencillo identificar, como lo hicimos, quienes ocuparían el rol de las estrellas en la teatralización del cuento en Argentina: son quienes se encuentran en situación de pobreza. ¿Pero cuál sería el papel del Estado? ¿Es el mar, el niño o el hombre? Naturalmente, tendremos diferentes opiniones que se fundamentarán en la ideología de quién responda. Unos dirán que el Estado es el niño, que, con mucho esfuerzo, se encarga de salvar a las estrellas que el mar –“mercado” en este caso- se saca de encima con el objeto de que unas pocas que quedan dentro vivan mejor. Estarán los que dirán que el Estado en rol de “niño” es “populismo”, ya que éste, en acuerdo con el mar, vive del engaño a millones de estrellas que lo consideran su esperanza, mientras que la realidad demuestra que cada vez son más las que quedan sobre la arena y sólo vuelven al mar unas pocas cómplices del rescatista.

Otros opinarán que el Estado es el hombre, o mejor dicho, querrán que el Estado actúe como el hombre. Desplazándose sobre la realidad pero sin ser partícipe para bien, ni para mal. Un actor de reparto, o tal vez sólo un extra. Entonces dejemos -dicen ellos- que actúe la meritocracia y ponga en orden las cosas: el que se esfuerza para quedar dentro del mar, que quede, y el que no, a la arena. Claro que a quien le tocó en suerte nacer asándose en la costa tiene muchas menos posibilidades que aquel que, sin mérito personal alguno, se crió en un hogar con todos los beneficios. En otras palabras, no todos partimos del mismo lugar en la carrera por llegar al bienestar según nuestro esfuerzo. ¿Esto es justo? -Por supuesto que no, pero eso es lo que pregona la derecha recalcitrante -responden los primeros en compensación por ser bautizados populistas.

En mi opinión, los roles están mezclados, tenemos un “mar” donde el Estado por algún modo de incapacidad (no saber, no poder o no querer) imposibilita la movilidad social que fue el significante del desarrollo de la Argentina hace ya varias décadas. Pero también es el Estado el que, cuando se convierte en “niño”, no genera los cambios estructurales necesarios para que el esfuerzo que la sociedad en su conjunto realiza se refleje como una evidente mejora de la calidad de vida de los más vulnerables. Por eso, independientemente del rol que desempeñe nuestro Estado, lo cierto es que la pobreza estructural sostiene hace ya innumerables gobiernos un piso porcentual demasiado alto y, como resultado, tenemos millones de niños que esperan el tren del desarrollo en una estación abandonada.

Miro hacia la playa y veo a muchos “hombres” esperando una gran maquinaria que por su capacidad devuelva las estrellas al mar por sí sola. Eso no va a pasar. Las épocas de grandes líderes se terminaron y nuestras incipientes experiencias de coaliciones son débiles e impotentes ante los desafíos de una realidad cuya salud se empeora con la llegada del virus. Necesitamos de una sociedad más involucrada, un malón de “niños” que amalgamen sus esfuerzos en pos de una causa que, de otra manera, estará perdida. ¿Qué podemos hacer? Arrojemos una estrellita.

Bernardo de Uriarte