El Huevo o la Gallina
Alguien me comentó hace unos días, que paseando por Entre Ríos le llamó la atención la limpieza de una ciudad - que no recuerdo su nombre – hasta el punto de que estaba por tirar un papel de un caramelo y, para evitar quedar en evidencia, se lo guardó en el bolsillo. Esta anécdota explica como el entorno puede influir en el comportamiento de las personas, generando un círculo virtuoso o vicioso, según corresponda.
Las sociedades acuerdan normas que pueden ser escritas, como en el caso de leyes y ordenanzas; o no escritas, como las convencionales, respetar un turno, ayudar a cruzar la calle a un no vidente. Luego estas normas, al momento de ser aplicadas en un territorio en particular, deben atravesar el filtro de la responsabilidad social, instrumento que amplifica o restringe la eficiencia de lo pautado.
¿Y los gobiernos? Generalmente la fonola la manejan los ciudadanos, por lo que se baila la música que éstos eligen: en sociedades con responsabilidad social, los gobiernos son exigentes en la aplicación de la norma, en cambio son permisivos en los territorios donde nada se respeta. Esta es la encerrona. Es un caso antropológico de “el huevo o la gallina”. Sin embargo, existe una contradicción entre lo que las comunidades sin construcción ciudadana “son” y lo que “pretenden ser”, ya que sus individuos aspiran a que el resto respete las pautas sociales independientemente de su accionar ante la norma. En ocasiones justificamos nuestras infracciones con la mención de faltas ajenas, aunque nada tengan que ver las situaciones: “ando en contramano pero esa moto tiene escape libre”; “estaciono donde no corresponde pero mi vecino saca la basura cuando no pasa la recolección”.
En Coronel Pringles, según mi opinión, estamos perdiendo la responsabilidad social que nos caracterizaba como comunidad hace uno tiempo. Hace algo más de dos años que soy concejal y la mayor cantidad de sugerencias que recibo de los vecinos pringlenses refieren a temas que están debidamente legislados pero que no se cumplen: tránsito, fauna urbana, ruidos molestos, entre otros. Nos sobran las ordenanzas y sus reglamentaciones. Una gran parte de las prohibiciones que se legislan parecen un compendio de sentido común, es decir que si respetáramos las normas no escritas que cualquier comunidad debería aceptar no serían necesarias tales ordenanzas.
Volvamos al huevo o la gallina. A mi entender, el círculo vicioso se rompe si quienes somos circunstanciales funcionarios públicos nos hacemos cargo sin ningún tipo de especulación política, tanto el oficialismo –con mayor responsabilidad- como la oposición. Hace unos días estallaron las redes sociales porque se trasladó a un carrito gastronómico una distancia de 30 metros de donde estaba estacionado. Si se aplicaba la ordenanza vigente se tendría que haber movilizado un mínimo de 100 metros, pero, a pesar de ello, algunos caranchos políticos se aprovecharon de la situación sin tener en cuenta que se llevaban puesto lo normado. Evitar el costo político, para los que están de un lado del mostrador, o sacar un rédito circunstancial, para lo que están del otro lado, va en detrimento de una mejor calidad de vida para la sociedad en su conjunto.
Necesitamos con urgencia recuperar la responsabilidad ciudadana y para eso tenemos que despojarnos de todo tipo de prejuicio sobre la inconveniencia electoral de esta política. Cumplir y hacer cumplir, en primer lugar quienes desempeñamos una actividad pública.
Bernardo de Uriarte


















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